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El Che, revolucionaria villanía

–A 50 años de su asesinato en Bolivia

— Soñó con una muerte “fuera de serie”

–Como Fidel Castro, sufría homofobia

–Espíritu fascista de Ernesto Guevara

Por Jesús Yáñez Orozco 

Ciudad de México a 11 de octubre (JESÚS YÁÑEZ /CÍRCULO DIGITAL). -En países subdesarrollados de la década de los 69s y 70s, el pensamiento juvenil socialista/comunista, de un mundo mejor, más justo, era una enfermedad pasajera –“catarrito”, diría un funcionario mexicano refiriéndose a una de tantas devaluaciones del peso–  que cura el tiempo. Dos barbones eran ejemplo a seguir en América Latina y el resto del mundo: Fidel Castro y Ernesto Guevara de la Serna, El Che.

Sin embargo, en esos regímenes sólo quienes viven en la élite del poder o tiene privilegios oficiales, reconocen sus bondades. No así la generalidad del pueblo raso.

Hace poco un balsero, huido de Cuba, encarcelado en Costa Rica, decía que prefería la prisión en ese país centroamericano a vivir en la isla.

Porque si esa nación –falacia que forjaron  Ernesto y Fidel– viviera en el mundo feliz que se cree, sus ciudadanos no desafiarían la muerte, a bordó de barcazas que parecen nueces, apretujados, arriesgando la vida en un mar infestado de tiburones rumbo a Miami.

Los intelectuales del socialismo son obsecuentes. Sus periodistas acríticos. La libertad de expresión equivale a un dígito negativo -0. El gobierno la censura como perro rabioso.

Con la revolución, todo; contra la revolución nada, solía arengar Fidel Castro.

O, la letal:

“¡Patria o muerte”!

Ideología como dogma de fe. Aparente antítesis del opio del pueblo: religión.

El escritor Nicolás Márquez escribió “El canalla, la verdadera historia del Che”. En él desmitifica la heroicidad del líder guerrillero.

“El odio como factor de lucha”, decía el Che, y sus muertes por él mismo perpetradas, se cuentan en decenas, narra el literato.

El Che escribió en julio de 1956: “No soy Cristo y filántropo. Soy todo lo contrario de un Cristo. Lucho por las cosas que creo con toda las armas a mi alcance”.

Y, dijo, con palabras letales, enfundado en su informe verde olivo:

“Trato de dejar muerto al otro.”

Espíritu asesino, fascista, acorazado de dignidad humana, en aras del bien colectivo. Donde la individualidad no existe.

Che creó un campo de concentración para castigo de homosexuales en la península de Guanahacabibes — Ubicada en la zona occidental de Cuba, en la provincia de Pinar del Río, es una zona llana en la que predominan las rocas calcáreas, las arcillas y las arenas. Su extremo occidental es el cabo de San Antonio, a 210 km de la península de Yucatán.

Fue una especie de Siberia caribeña.

A la entrada del campo, copiando el lema que presidía el campo de concentración Aushcwitz, podían leerse cinco letras que simbolizaban el infierno:

“El trabajo os hará hombres”.

Ambos, Fidel y Che, padecían la misma enfermedad crónica: homofobia.

Él siempre soñó con una muerte “fuera de serie” y así murió

Porque, por experiencia propia, quien esto escribe, arriesga un aforismo:

La dictadura del proletariado en el socialismo la impone la burguesía: el buró político del Partido Comunista.

Proletariado eufemismo de miseria, desamparo, desesperanza, dictadura. Igual que en los países capitalistas del llamado “Tercer Mundo” o subdesarrollados.

Impensable que algún “revolucionario” soportaría vivir seis meses en Cuba como cualquier ciudadano. Sin privilegio alguno. Ni posibilidad de tener casa propia, comprar un auto, encadenado a la cartilla de racionamiento de comida, las mismas ropas.

Porque todo pertenece al Estado. Incluida la vida de los ciudadanos.

Salvar a los pobres del mundo del capitalismo, es su esencia. ¿Pero quién los salva de ellos, los líderes comunistas?

Ni socialismo ni capitalismo.

Debe haber, pienso, una tercera vía.

Tengo ante mí un libro, a 50 años del asesinato del Che –asmático, apuesto, mirada seductora, extravagante, habano en los labios — que me quema manos y ojos e incendia mi pensamiento –para bien, quiero pensar– que intento apagar con el agua fría de la reflexión, y sentido común, que comparto.

Sus líneas son una lección sociopolítica, historia y filosofía de vida.

Desmitifica, entre otros, lo mismo a ex presidentes de México –desde  Lázaro Cárdenas, El Tata, con quien comienza a escribirse la historia de la Dictadura Perfecta, pues crea la ley no escrita de ‘palomear’ legisladores y gobernadores del entonces PNR, ahora PRI, (y su sombra, Cuauhtémoc, su hijo) hasta Luis Echeverría, a quien trata con deferencia–  que a guerrilleros, como El Che, asesinado en Bolivia el 9 de octubre de 1967.

No deja títere con cabeza.

Porque lo único que hizo famoso a este personaje argentino fue una foto, en blanco y negro, que se convirtió en icónica de las luchas contra la abyección del poder capitalista, en cualquier parte del mundo, cuando sólo miraba en lontananza: la nada.

Trataba de mantener a raya sus demonios internos sueltos.

Amado y odiado.

Dicho texto abomina por igual a los ‘gorilatos’ impuestos por Estados Unidos, en la década de los años setentas, en América Latina, mediante regímenes militares, que a las dictaduras socialistas, hijas de Carlos Marx, Iván Ilich Lenin, prohijadas por la entonces URSS.

No hay medias tintas en sus letras. Aunque no en todas coincido.

Fue como mirarme, de golpe y porrazo, como reportero, en un espejo lleno de vacío, ideológicamente y periodísticamente hablando.

Eso sí: discrepo de su misoginia, machismo, y recalcitrante homofobia. Así como de su crítica a los 250 mil jóvenes que asistimos al festival de Avándaro, en septiembre de 1971, porque no nos bajaba de drogadictos, promiscuos, afeminados, por traer pelo largo, pese a que se sicoanalizaba.

El diván ayuda, entre otras cosas, a aceptar la diferencia.

Fue un hallazgo que me costó 10 pesos en los libros de viejo.  Se titula “(Jodidos)…pero contentos!”, Periodismo 1968-1975, publicado por Editorial Diana, 367 páginas. Su autor, Roberto Blanco Moheno, historiador, politólogo y periodista.

Como muchos jóvenes forjados en la izquierda, reconozco, que abominaba a este personaje. Sobre todo cuando aparecía en el noticiero de 24 Horas, conducido por Jacobo Zabludovsky, vocero de cabecera del PRI durante casi 30 años: obeso, voz rasposa, hija de muchos whiskies, habano entre los dedos índice y medio de su mano izquierda, mientras lanzaba su ditirambo anticomunista con diarreica estridencia verbal.

Oírlo y mirarlo en la pantallita, provocaba doble vomito intelectual: palabra e imagen.

Pero luego de leerlo cualquiera se reconcilia con la forma cómo miraba la realidad, que ejercitaba con cinco horas diarias de lectura a lo largo 30 años, de los 50 que cifraba cuando escribió dicha obra, la número 20 de su vasta bibliografía.

Solía escribir 11 artículos semanales para las revistas Siempre –a cuyo director José Pagés Llergo, tenía un afecto filial– Impacto, y el diario El Universal.

En la contraportada del libro ser lee de Blanco: “…quiere hacer vibrar con tonalidades de genuino amor patrio corazones de electores agitados por un engañoso espíritu ‘patriotero’ que se alimenta de fantasía e ignorancia. Porque considera que todos sus conciudadanos cooperen a la edificación de una patria más auténtica y responsable”.

Y con la aclaración –verdad de a kilo– de que “ser intelectual no es ser inteligente”, Blanco hace una dedicatoria que llama mi atención:

“Pues estoy vivo, y libre, dedico este libro al ciudadano Luis Echeverría”, responsable directo, como secretario de Gobernación, en la matanza del 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco, y la represión estudiantil del Jueves de Corpus, 10 de junio de 1971, en su calidad de mandatario de la nación. No se refiere a él como presidente o ex presidente.

Hace cera y pabilo al Che. Poco faltó que Roberto Blanco dijera que tenía algún grado de discapacidad mental.

Aquí va parte del por qué, del reforzamiento de mí escepticismo sobre  el Che y el socialismo, en base al libro de Blanco Moheno y mi paso  por Cuba, como becario del Instituto Internacional de Periodismo, José Martí, de septiembre a diciembre de 1985. Viví en la entraña y el atisbé el dolor de un pueblo descorazonado.

Tras recibir una carta de un estudiante del Instituto Politécnico Nacional, de quien no cita nombre –y le sugiere volver a estudiar la primaria– en la que compara a Francisco Villa, Sandino y Simón Bolívar con el guerrillero argentino, Blanco es despiadado con el ‘guerrillero genial’ como se definió a El Che.

Para ello se vale del diario de éste.

El escritor se ve en la “obligación moral” de aclararle a este “jovencito” qué clase de guerrillero fue el “señor Guevara”, quien casi al comienzo de su Diario en Bolivia, dice:

“Mi pelo está creciendo, aunque muy ralo y las canas se vuelven rubias y comienzan a desaparecer; me nace la barba. Dentro de unos meses volveré a ser yo”.

Reflexiona Blanco Moheno, casi en un ejercicio sicoanalítico, que sin barba Guevara no tiene la menor personalidad. Y para tenerla, añade, necesita de barbas, melenas y uniforme militar para sentirse identificado consigo mismo, para “volver a ser yo”.

En contraste, puntualiza, Villa tenía una personalidad que, con barba o sin ella, “¡para lo que importan esas cosas!”, atraía a los hombres al extremo de dar la vida, y la vida de los suyos, por él. Fue el brazo armado de la Revolución Mexicana, en la que hubo más de 700 mil muertos.

Moheno conocía a profundidad la historia y sicología del Centauro del Norte. Escribió un libro sobre él y un sinfín de artículos periodísticos.

Dice El Che –al frente de 15 guerrilleros, a quien ni un solo campesino boliviano se sumó en todo su “ciego peregrinar”, según Blanco—con una narrativa poética:

“Febrero 23.- Día negro para mí: lo hice a pulmón, pues me sentía muy agotado… A las 12 salimos, con un sol que rajaba piedras, y poco después me daba una especie de desmayo al coronar la loma más alta… la topografía es distinta de la que marca el mapa. Acampamos a 900 m., luego de un camino infernal…”

He aquí, afirma con sorna Blanco, que un hombre de “físico delicado” decide alzar en armas a los Andes todos, creando una rebelión continental, pero se “desmaya al subir una loma” y, además, “nunca” sabe dónde está.

Y los mapas, de los que se ve en el caso de echar mano, no sirven.

Compara el escritor que Villa fue un guerrillero genial, invencible, todo instinto, valor. Villa decía –y lo sostenía con hechos–: “usted me venda los ojos, me lleva así 24 horas por donde quiera de Durango, para arriba, y en el lugar que escoja me quita la venda. Y yo le digo a la primera en dónde estoy”.

Villa, sigue Moheno, conocía a los hombres con sólo mirarlos, sabía secretos de las yerbas para curarse. Fue llamado el Centauro del Norte porque formaba un solo ser con su caballo, que así de bien montaba.

Sigue El Che en su Diario:

“Julio 18.-… me inyecté varias veces para seguir, usando al final una solución de adrenalina al 1,900 preparada para colirio. Si Paulino no ha cumplido su misión, tendremos que retroceder a Ñacahuasú a buscar medicamentos para mi asma.”

 

 

Un jefe guerrillero con arma y sin medicina, advierte Roberto Blanco. Prefiero no comentar, dice, pero la mayor parte de las asmas tienen un origen neurótico, psíquico.

Una de las más inauditas torpezas de Guevara, agrega, consiste en la suposición, absolutamente equivocada, de que los campesinos iban a recibir con los brazos abiertos a un grupo de extranjeros armados, de ideología marxista.

Se acerca el final el final de El Che, que él presiente: el más terrible de todos los golpes.

“Resumen del mes.- Debiera ser un mes de recuperación y estuvo a punto de serlo, pero la emboscada en que cayeron Miguel, Coco y Julio malogró todo y luego hemos quedado en una peligrosa posición, perdiendo además a León…

“Las características son las mismas del mes pasado, salvo que ahora sí, el ejército está mostrando  más efectividad en su acción, y la masa campesina no nos ayuda en nada y se convierten en delatores”.

Hasta aquí con el Diario del Guevara, puntualiza el periodista, un héroe de la propaganda que poco a poco irá achicándose conforme “las masas” se enteren de la verdad.

Reflexiono, con sorna y a tono con Moheno, si El Che, en su experiencia guerrillera, solía usar rifles Plastimarx, que le trajeron los Reyes Magos, o usaba maquillaje Marx Factor para aparecer ante las cámaras. Más que Ernesto, debiera llamarse Marximiliano.

Y que yo recuerde, durante los 90 días de mi estancia en La habana y tres días en Santiago, ningún joven elogiaba a El Che, ni hablaba de algún combate épico en Sierra Maestra de Castro, Guevara, Camilo Cienfuegos y compañía, porque nunca lo hubo.

Fueron barbudos guerrilleros de sololoi.

Quizá Carlos Marx esté muerto de risa, en su féretro, nomás de ver las aberraciones que se han cometido en su nombre. Jamás imaginó que el socialismo generaría tantas muertes y dolor.

tzotzilyaoro@hotmail.com

pumaacatlanunam@gmail.com

@kalimanyez.

 

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