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Y, ¿dónde está el piloto?

Opinión

Óscar E. Gastélum:

“Temo a la desinstitucionalización del país, al reino del capricho.”

─José Woldenberg

 

Finalmente sucedió lo obvio y el demagogo electo, amparado en una “consulta” al margen de la ley y plagada de irregularidades, canceló el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que se construía en Texcoco. “¡El Pueblo ha hablado!” Exclamaron sus lacayos y paleros refiriéndose a los menos de 750,000 votantes (poco más del 1% del padrón electoral) que, según los organizadores de la consulta (no hay manera de confirmarlo independientemente), decidieron colaborar en la legitimación de esta farsa acudiendo a votar. Aunque parezca increíble, mucha gente, incluyendo a algunos de los críticos más feroces de la tenebrosa “cuarta transformación”, confió hasta el último  minuto en que el demagogo no se atrevería a cometer un disparate tan autodestructivo, “no puede ser tan irracional”, decían, “saldría muchísimo más caro cancelar que concluir la obra, alienaría a los inversionistas antes de tomar posesión y se perderían decenas de miles de empleos”, argumentaban. Pero, obviamente, aquellos desesperados llamados a la sensatez cayeron en oídos sordos.

 

Confieso que yo estaba completamente seguro de que López Obrador cancelaría el aeropuerto. Y es que después de vivir Brexit, el ascenso de Trump y el arrollador triunfo del demagogo tabasqueño (entre otros desastres electorales), me ha quedado más que claro que desde hace unos cuantos años el mundo entró en una era de obscuridad irracional y en un profundo retroceso democrático, y dicha era está hoy en su apogeo. Sí, primero fueron los tradicionalmente sensatos británicos quienes decidieron divorciarse de la Unión Europea, autoinfligiendose una herida económica, política y social que tardará al menos un par de décadas en sanar, si es que sana algún día. Luego, los norteamericanos eligieron a un energúmeno fascista como presidente, en un berrinche que podría desembocar en el fin de la democracia norteamericana e incluso en el de la civilización occidental como la conocemos. Además, nuevas autocracias chovinistas y populistas emergieron y se fortalecieron a lo largo y ancho del mundo, de Turquía a Hungría, pasando por Polonia y Filipinas. Y partidos y regímenes fascistas brotaron como hongos a lo largo y ancho del continente europeo y más recientemente en Brasil.  Mientras que en Mexico, el electorado no se conformó con elegir como presidente, en medio de esa tormenta internacional, a un demagogo mitómano, autoritario e impredecible, sino que además le otorgó un poder prácticamente absoluto, dándole rienda suelta a sus peores instintos.

 

Es por eso que la cancelación del NAICM no me sorprendió en lo más mínimo, pues es una decisión típica de esta era y del personaje que la tomó. De lo que se trata es de dar un puñetazo sobre la mesa, de mandar el mensaje de que hay un nuevo Sheriff en el pueblo y que aquí sólo sus chicharrones truenan. Poco importa que la alternativa que “ganó” sea una ocurrencia fantasmal sin ningún proyecto o estudio que la respalde. Ni que la construcción del aeropuerto de Texcoco lleve un 30% de avance. O que se tengan que quemar decenas de miles de millones de pesos de dinero público en indemnizaciones, permítame repetir eso: decenas de miles de millones de pesos de dinero público se tirarán a la basura. Ni que la bravuconearía irracional de un demagogo vaya a llevarse entre las patas a miles de personas que quedarán desempleadas, personas que por cierto pertenecen al pueblo al que el redentor pendenciero dice representar y defender. Tampoco importa que nuestra moneda se deprecie, que los mercados se alteren o que los inversionistas pierdan la confianza en un país incapaz de respetar contratos y decisiones de Estado. Todos sabemos que a lo largo de su tragicómica historia, esta martirizada región a la que llamamos “Latinoamérica” ha visto desfilar a cualquier cantidad de demagogos populistas que en algún momento de sus catastróficos reinados decidieron declararle la guerra a los mercados internacionales, y también sabemos que esos enfrentamientos SIEMPRE acabaron en un cataclismo económico cuasi apocalíptico. Pero este demagogo y sus fieles están ciegamente convencidos de que ÉL sí es el bueno, de que ÉL sí es el elegido y de que todo saldrá bien.

 

Por sí misma, la decisión de cancelar el aeropuerto terminará siendo desastrosa, y no para Carlos Slim y sus colegas oligarcas que de una u otra manera recuperarán sus inversiones. No, los que terminarán pagando los platos rotos serán los de siempre, la clase media y esos millones de miserables a los que el demagogo dice amar con toda su alma. Pero además, la cancelación es un ominoso presagio de lo que viene, pues toda esta faramalla sirvió para que el futuro gobierno se quitara finalmente la máscara, exhibiéndose ante el mundo como el régimen autocrático que aspira a ser. Y es que las autocracias, eufemísticamente conocidas como “democracias iliberales”, que han emergido en los últimos años y definido políticamente esta tenebrosa era, se caracterizan por demoler el andamiaje institucional (indispensable para el buen funcionamiento de una democracia auténtica) de las naciones a las que sojuzgan, al tiempo que mantienen una fachada pseudodemocrática capaz de engañar a algunos incautos. Son, en pocas palabras, cascarones huecos, regímenes de un solo partido y sin división de poderes con un tenue barniz democrático, aportado casi siempre por elecciones cuidadosamente adulteradas. Y la consulta espuria que nos infligió López Obrador fue precisamente eso, una perversa simulación electoral profundamente antidemocrática, el primer golpe en lo que seguramente será la demolición metódica de nuestras instituciones autónomas, esas por las que tanto luchamos y que nos llevó décadas construir, todo para que una secta de iluminados y fanáticos vengan a desmantelarlas en un abrir y cerrar de ojos. Estamos advertidos, cada vez que el demagogo quiera concederse algún capricho, convocará a una consulta opaca y fraudulenta y maquillará de vox populi su soberano antojo. ¿Restaurará la reelección? ¿Despojará al Banco de México de su autonomía? Absolutamente TODO es posible.

 

Además, este circo confirmó por enésima ocasión que al interior del nuevo régimen no existen voces discrepantes, moderadas o autocríticas. Y es que esta gente se comporta, y aquí hay que ser especialmente severo con sus connotados intelectuales y académicos, cual disciplinados miembros de un culto religioso. Para comprobar lo que digo basta con analizar el mantra propagandístico “yo prefiero el lago”, una pieza de postverdad tan delirantemente deshonesta que sonrojaría al mismísimo energúmeno naranja, y que requirió auténtica fe ciega de parte de los creyentes para  que se atrevieran a entonarla y publicarla una y otra vez en redes sociales sin el menor asomo de vergüenza. Un autócrata en potencia como López Obrador miente a mansalva y comete constantemente disparates destructivos e injustificables, en parte para poner a prueba la incondicionalidad de sus lacayos y acólitos. Aquellos que defienden y  justifican cada palabra y acción de su amo, por más irracionales o destructivas que sean, lo hacen para demostrarle su lealtad inquebrantable y para complacer a los otros miembros de la secta. E incluso están dispuestos a empeñar su reputación, y a venderle el alma al diablo, a cambio de un poco de poder, notoriedad efímera o aprobación de la manada. Pero de esa cloaca inmunda no se sale nunca, no hay jabón que limpie el desdoro de haber servido a un tirano, ni perfume que aplaque esa peste. Y el demagogo lo sabe muy bien. Sabe que quienes chapoteen a su lado en la letrina de sus disparates, ocurrencias y mentiras, estarán atados a él y a su causa para siempre, y serán corresponsables del desastre inevitable. Pues como dijo el gran George Orwell de los propagandistas de cualquier régimen: “Once a whore, always a whore”.

 

Y algo muy parecido se puede decir de esos otros personajes, auténticos tontos útiles, que por ambición o ingenuidad le alquilaron su prestigio al demagogo, maquillando de moderación y frescura a una restauración cavernaria, fanática y radical. Me refiero a gente como Carlos Urzúa, Olga Sánchez Cordero y hasta a Tatiana Clouthier y Alfonso Romo. Este último, por cierto, fue el encargado durante la campaña de “tranquilizar” a los empresarios, convenciéndolos de que aunque López Obrador caminaba como ganso, graznaba como ganso, nadaba como ganso, volaba como ganso y se cansaba como ganso, en realidad no era un ganso sino el líder moderno, racional y moderado que la patria necesitaba. Imagino que don “Poncho” debe tener poquísimos amigos en estos momentos, y francamente no lo compadezco. Pero a un mes de la toma de posesión, estos importantes personajes aún están a tiempo de actuar responsable y honorablemente, denunciando y dándole la espalda a un demagogo que a todas luces no comparte sus ideales y principios, y que está decidido a destruir los cimientos democráticos que tanto trabajo nos costó construir (no olvidemos que mucha gente perdió la vida en esa lucha). Su gesto desencadenaría una oportuna crisis política que obligaría al nuevo emperador a moderarse y que incluso podría resucitar a la oposición. Pero no lo harán, pues están embriagados de poder y este tipo de desgracias no suelen terminar tan pronto o de una manera tan sencilla. México cometió un error catastrófico el pasado primero de julio y no se salvará tan fácilmente de pagar las onerosas consecuencias…

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