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Crónica de una cabalgata sin caballos

Paraíso infernal

+Multitudinaria caravana por la “autonomía” de cuatro delegaciones del sur poniente de la CDMX, convocada por el Partido Humanista

+Zona paradisiaca, asolada por corrupción, impunidad, delincuencia organizada, desamparo, indefensión…

Por Jesús Yáñez Orozco

Ciudad de México, 12 de junio (CIRCULO DIGITAL/MENSAJE POLÍTICO).- Matinal domingo. Atrás queda la nata contaminante del resto de la Ciudad de México, la más poblada del mundo,  dibujada en el cielo. Eterno gris mortuorio. Pero acá huele más intenso el brillante pasto recién cortado, bajo el rayo del sol primaveral. Son 60 kilómetros, de la Caravana por la Autonomía de cuatro delegaciones  — con 700 años de antigüedad– por una parte de cuatro de las 16 que conforman la capital del país, Tláhuac, Xochimilco, Milpa Alta y Tlalpan, convertidas en paraísos infernales hace tres décadas.

Están de hinojos, ante el autismo institucional, gracias a las corrupción, impunidad, delincuencia organizada, desamparo e indefensión de la “seudo izquierda”. Parecen irrefrenables.

Canales de riego, pestilente abrevadero de chinampas  y alfalfares, la entrada a Tláhuac.  Arranca en la jornada en la explanada de esta delegación que terminaría pasadas las 4 de la tarde. Dura ocho horas. Un centenar de simpatizantes buscan exorcizar los demoníacos rayos del sol.  Se cubre con lo que puede: sombrillas, periódicos, sombreros, cachuchas…

Sobre el templete, música de banda del grupo Súper Reyes. Visten camisas albas, pantalón y zapatos negros, puntiagudos, estilo Aladino. Instrumentos de  viento y percusiones amenizan el acto. Arranca con Pelotero la bola —“…que se pare un chingo de veces…”, improvisa el cantante–, y con Los Danzones de Lara aguza el espíritu festivo de los presentes.

Suenan las campanas de la iglesia. Tercera llamada para misa de 10 de la mañana. Estruendo metálico taladra los oídos. Algunos se persignan.

Hay venta de rico atole –arroz, vainilla y chocolate– 10 pesos. Guajolota, –tamal rojo, mole, verde y rajas– en bolillo o telera, 12 pesos. La mayoría de los presentes –algunos con niños en brazos– reciben limpia de la chamana, Gloria Cruz, cincuentañera, llamada “mujer medicina”. Elimina malas energías, del “corazón y rostro”– con humo de copal.

“Armonización”, llama ella. Antes de iniciar el acto proselitista entona el himno nacional en náhuatl. Se suspende la anunciada  cabalgata. Porque, balde de agua fría, entre los reporteros, el tlatoani del Partido Humanista, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, por causas de fuerza mayor no puede asistir.

Sustituye a la cabalgata –que incluía el anunciado centenar de caballos—, el peregrinar metálico de decenas de autos, sierpe multicolor, reptante por ancestrales calles y carreteras. Huelen a pesado pasado que casi nadie recuerda.

Por doquier se observa que comienza la cresta de la ola de campañas políticas –tres mil 416 puestos de elección popular en México, que serán electos el próximo 1 de julio– para presidente de la república, y en  jefe de gobierno de la ciudad, entre otras.

Mudas paredes, muros multicolores, de casas y edificios, “hablan” de las promisorias ofertas de los políticos. Todos dicen ser la mejor opción. Son, en pocas palabras, “la neta de planeta”.  Cemento, ladrillo y hormigón, gritos silentes, palabra escrita.

Encabezan la marcha Marco Rascón, candidato a jefe de gobierno de la CDMX, y Marcos Nájera, aspirante a alcalde de la delegación Xochimilco. Pasan, como suspiro, por varios los pueblos, San Luis y San Gregorio, entre ellos.

Rascón y su comitiva recorren viviendas afectadas por el sismo del 19 de septiembre, cicatriz abierta de cemento y ladrillos. Alaba la organización y solidaridad de los vecinos con la población damnificada y criticar las autoridades  pasmadas frente a la tragedia.

Saluda de manos a niños, adultos y ancianos. Otea sus miradas bañadas de desosiego, miedo y desesperanza.

Hermanan a estas delegaciones, una especie de ADN social: lengua, gastronomía, alimentos, productos del campo –que abastece  la capital– donde nacen 43 ríos que desembocan en el lago de Texcoco. Coadyuvan al abastecimiento de agua.

Rascón, una y otra vez, promete “no sólo ganar, sino gobernar”, para aplicar “políticas integrales” desde la autonomía. Porque, enfatiza, “eso nos hace diferentes”.

La ciudad, reconoce,  “no tiene futuro”  y para que sea mejor — o menos peor– debe ir acompañado de autonomía. Rechaza, con sorna, la “ayudita” y despensas que ofrecen los demás candidatos.

No hay dinero”, arenga, en el Humanista; “sí alegría y convicción”.

Y rechaza cultivar “tristeza y tragedia”.

Elogia a los habitantes de la zona sur porque son “guerreros permanentes”.

Vuelven a repicar las campanas para misa de 12. Termina el acto. Trayecto a Xochimilco, Tulyehualco y Tláhuac,  ejércitos de mototaxis, hormigas multicolores que, en muchos casos, trabajan para el narco menudeo. Se percibe una tensa calma.

No en balde lo llaman Cartel de Tláhuac.

Conforme avanza la Caravana, carros y camiones se suman al ofidio metálico. Suman, ya, casi medio centenar.

Al pie del Busto de Emiliano Zapata en, San Gregorio, Rascón Córdova sentencia que si Xochimilco “no tiene futuro tampoco lo tendrá la Ciudad de México”.

Por eso llama a la unidad de los pueblos del sur para atender las demandas más inmediatas.

“Se requieren recursos, muchos recursos, para corresponder al daño que se ha causado a esta región”, remata.

Resuenan campañas de una de las iglesias del centro xochimilca.  Es agudo el choque del badajo con el capitel.

Suena a réquiem involuntario por este celestial infierno chilango.

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