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Empate en el combate Canelo-Golovkin; ya adelantaron que habrá revancha

Ciudad de México, 17 de Septiembre (CÍRCULO DIGITAL).-Por fin: esa fue la palabra más repetida durante la noche en Las Vegas, donde después de años de postergarlo y críticas, Saúl Canelo Álvarez enfrentó al campeón de peso mediano, el kazajo Gennady Golovkin. Ambos llegaron con sed de nocaut, pero lo que regalaron fue un electrizante combate repleto de cálculo y golpes que derivó en empate.

Canelo arribó a la Arena T-Mobile de Las Vegas a silenciar críticas, esas que le han reclamado una carrera artificial ante veteranos al borde de la jubilación y rivales que le dan las ventajas del peso. Había que tragarse las palabras con la actuación valiente y bien pensada del pelirrojo, cuyo única, y tal vez cara, concesión fue ser un poco parco en el ataque. A Canelo le faltó tirar más golpes para acallar cualquier duda.

El principio, como dicta el canon, fue un episodio de análisis. Dos hombres plantados con los cerebros burbujeantes, las miradas fijas en el otro y los puños ávidos de emociones. Golovkin siempre hacia adelante, Canelo retrocediendo y esquivando, como gran contragolpeador. El kazajo se atrevió con algunos volados, pero la cabeza ágil del pelirrojo lo hacía fallar.

Canelo regresó al segundo episodio con más confianza. Ahora el mexicano avanzaba, sin obsesionarse con la cabeza del rival, concentrado en castigar abajo, aunque eventualmente el kazajo le recordaba con las manos de dónde venía su fama.

Golovkin tardó hasta el tercer episodio para sacudirse la incomodidad. Lanzaba más golpes, pero no daba en el blanco. Canelo era escurridizo y empezaba a buscar las cuerdas para, desde ahí, contratacar al adversario. En ese lugar, aparentemente encerrado, asestó un upper que sacudió a Triple G y empezó a mostrarse insolente: las manos abajo y la cabeza meneando para decirle no me haces nada.

La pelea subió de intensidad: ambos se fueron al centro del cuadrilátero, envalentonados, para intercambiar golpes como dos rivales en un callejón. No todo era estrategia, también había espacio para fajarse, alardes de cuchilleros para probar la fuerza ajena y la resistencia propia.

La fórmula del Canelo empezó a agotarse al paso de los episodios, necesitaba modificarse para ser más clara, porque retrocedía de manera permanente, todo al contragolpe, siempre contra las cuerdas, pero le hacía falta soltarse con las manos. Eso sí, qué dominio mostró el pelirrojo para balancearse como un péndulo perfecto, con la cintura bien aceitada y el cuello veloz.

En el décimo asalto alcanzaron un estado de gracia. Ambos se conectaban, si uno hacía una combinación, al instante el otro respondía. Canelo hizo tambalear al Triple G, pero hacía mucho más para dañar a ese fibroso adversario.

El cierre no pudo ser más emotivo: los dos salieron a entregar lo último que les quedaba. Ahora Canelo conectaba, ahora Golovkin, ambos resueltos en terminar como habían prometido. No lo lograron, pero el espectáculo ofrecido no decepcionó. Las tarjetas fueron una para cada uno y una tercera que decretó el empate.

Corrección: sí había decepción, Canelo estaba convencido de que había triunfado. Gané fácil siete u ocho episodios, dijo molesto; no sentí el poder de Golovkin como pensaba o como decían. No me sorprendió nada.

Golovkin lucía sus cinturones de campeón mediano del CMB, AMB y FIB, ante el veredicto del Canelo sólo sonrió: Sigo siendo campeón.

El tapatío bajó del cuadrilátero, pero advirtió que si la gente quería un desempate, claro que ocurriría. Algunos aficionados lo abuchearon; parece que a pesar de lo que hizo, necesita de verdad otro combate.

Con información de Lajornada

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